Los átomos de Epicuro

Epicuro creía que toda realidad estaba formada por átomos y vacío, añadiendo un elemento de azar en el movimiento de los átomos. Precisamente, clinámen es el nombre que dio Lucrecio a la impredecible desviación que sufren los átomos en la física de Epicuro.

El clinámen suele presentarse como una quiebra a las cadenas causales del movimiento de los átomos, como son el propio peso del átomo (que causa su movimiento) y el choque con otros átomos (origen del proceso de formación y destrucción de cuerpos). Así, se produciría un desvío continuo y, con él, se insertaría la contingencia y la ausencia de casualidad en el fundamento de cualquier acontecimiento.

Por su parte, el budismo afirma que todo está en un estado de cambio permanente y que la aparente estabilidad es una ilusión. Por ello, para el budismo no es posible encontrar seguridad ni certidumbre absoluta, pues todo es efímero y la propia realidad algo ilusorio. En este sentido, el mundo es irreal, pero no tanto porque sea una ilusión, que lo es, sino por la tendencia humana a creer que lo que percibe es permanente, y a ser ciegos a su transitoriedad y vacuidad.

Ciertamente, las consecuencias que el epicureísmo y el budismo extraen de una visión compartida de la naturaleza última de la realidad, que ambos ven como un proceso de cambio permanente y de imposible determinación, son divergentes, aunque no contradictorias.

En el budismo, por decirlo así, la impermanencia le lleva a la inesencialidad y la inesencialidad a la vacuidad, y ese camino le termina llevando a la ecuanimidad y la eliminación del deseo como forma de enfrentarse a la imposibilidad de aferrarse existencialmente a nada y, menos que todo, a uno mismo.

Epicuro, en cambio, utiliza esa impermanencia e indeterminabilidad de lo existente para justificar doblemente la libertad del ser humano. En primer lugar, afirma con base en ello el libre albedrío humano (y, por tanto, la capacidad del hombre para decidir cómo vivir) y, en segundo lugar, libera al ser humano del temor a los dioses pues, sin negar su existencia, los declara ajenos a un mundo en el que todo sucede de acuerdo a una dinámica propia e impredecible, que excluye toda intervención voluntarista, incluso de un dios.

No deja de resultar curioso que, partiendo del mismo punto y llegando a conclusiones existenciales semejantes (la ataraxia epicúrea y la ecuanimidad budista), sin embargo el camino recorrido haya sido distinto, pues Epicuro no se basa en la impermanencia para justificar la negación del deseo, sino que recurre a una valoración directa del placer (o, más bien, del displacer) derivado de la persecución de las pasiones y deseos.

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