
¿Por qué queremos ser orientales?
Una cuestión que parece merecer una aclaración es la de que si, como se ha visto, muchos de los aspectos esenciales del budismo, no solo no son contradichos por la ciencia, sino que son confirmados por esta, ¿cómo puede ser que un contemporáneo (digamos, ideal) pueda necesitar buscar en el budismo algo que, en realidad, ya le ofrece su propia cultura?
Para responder a esta pregunta resulta muy apropiada la siguiente cita de Alan Watts, uno de los principales divulgadores del pensamiento oriental, especialmente el zen, en Occidente:
- "(...) el ecólogo, el biólogo y el físico saben (aunque apenas sienten) que todo organismo constituye una unidad de comportamiento, o proceso, con su entorno. (...) El científico occidental puede percibir racionalmente la idea (...) pero ordinariamente no siente esta realidad. Por condicionamiento cultural y social, ha quedado hipnotizado por experimentarse a sí mismo como un ego, como un centro aislado de conciencia y voluntad dentro de una bolsa de piel, enfrentado a un mundo externo y ajeno" ("¿Acaso importa? Ensayos sobre la relación del hombre y la materialidad", Alan Watts, 1970).
Es decir, que el científico (y el ciudadano a secas, por extensión) puede percibir racionalmente la falta fiabilidad de su individualidad, pero por su condicionamiento cultural y social es incapaz de experimentarla de un modo vívido y directo.
Por si la opinión de un divulgador del zen puede parecer poco fiable a un escéptico, se puede añadir la opinión de un científico de primera línea, que además va bastante más lejos que Watts en el alcance de su queja:
- "Las sociedades modernas han aceptado las riquezas y poderes que las ciencias les descubría. Pero no han aceptado, y apenas han escuchado, el más profundo mensaje de la ciencia: (...) la necesidad de despertar de su sueño milenario para descubrir su soledad total, su radical extrañamiento (...), saberse al margen del universo en el que debe vivir, universo sordo a su música, indiferente a sus esperanzas, sufrimientos y crímenes (...). La mentira es tan flagrante que obsesiona y desgarra la conciencia de toda persona de alguna cultura e inteligencia", ("El azar y la necesidad", Jacques Monod, 1970).
Lo que diferenciaría en este aspecto al pensamiento oriental, y en particular al budismo, sería el hecho de disponer de una forma para transformar el conocimiento intelectual en comprensión directa, la meditación, que en última instancia hay que ver como una herramienta para desarrollar la atención y, a través de ella, la comprensión y, con ello, lograr la transformación personal. De hecho, sobre la necesidad de desarrollar la atención resulta lapidaria una sentencia atribuida a Buda (y que, si no es suya, merecía serlo) que dice que vivir sin atención es como ya estar muerto.
Por el contrario, la atención, como objetivo, y la meditación, como práctica, son, en buena medida, completamente ajenas a la cultura occidental contemporánea, lo que vendría a explicar la esquizofrenia entre lo que se sabe y lo que realmente se comprende, lo que podría explicar esa búsqueda en oriente de algo que no encontramos en nuestro entorno.
Lo que todavía hace más paradójico todo esto es que, además del conocimiento aportado por la ciencia, el pensamiento occidental también tiene tradiciones filosóficas que comparten contenidos esenciales del pensamiento oriental y, en particular, del budismo. hasta el punto de hacer sospechar que oriente siempre ha estado bajo nuestros pies.
Así, y en primer lugar, en las llamadas escuelas helenísticas de la filosofía griega se aprecian unos rasgos, normalmente no considerados en su descripción académica, que las diferencia del pensamiento filosófico occidental tradicional y las aproxima sorprendentemente al pensamiento oriental.
Por otra parte, un budismo depurado de sus elementos menos escépticamente aceptables puede ser sorprendentemente parecido a una versión contemporánea del existencialismo europeo de mediados del siglo XX.
Ambas líneas de análisis se abordan en los siguientes apartados:
